Cuando voy por la calle un día que hace calorcito y me viene el olor dulce de los azahares, digo: huele a semana santa.
Para mi la semana santa no es solo la representación de la pasión y muerte de Jesucristo, ni una expresión artística, ni una semana de vacaciones... es todo eso y además el ambiente que se respira. La calle abarrotada, los preparativos, el montaje de la carrera oficial que tanto coraje le da a los que todo esto le resbala, la gente con capirotes de todos los colores, el calorcito de la tarde; el olor de los naranjos en flor, de los roscos de la pastelería, de los cirios y el incienso; los sentimientos que te provoca una marcha, un mecido, una saeta, el silencio, los aplausos; la larga espera hasta que pasa el último penitente. Hasta el dolor de pies. Todo eso representa para mí la semana santa. Y todo eso me encanta. Así que es normal que cuando la primeravera está llegando ya me entre el gusanillo.
Y de toda la semana, para mí el martes santo siempre ha sido un día especial.
Cuando era más pequeña, porque mi madre salía en una de las procesiones e íbamos a verla, fite tú la tontería. Yo ni hacía caso a los pasos ni nada, solo estaba atenta a ver si lograba identificar a mi madre debajo de la túnica con mi hermana.
Pero al tiempo se me antojó salir a mí en la procesión y me salí con la mía. Y de eso hace ya 12 años. Desde entonces esperaba el martes santo con impaciencia. Domingo de ramos y lunes santo se me hacían larguísimos, y después del martes la semana se pasaba volando.
El martes era un día de nervios, de prepararlo todo, de ponerse la túnica, de que mi madre me acompañase a la iglesia, de saludar a gente que se quedaba pillada porque no sabían quién eras (ahora me doy cuenta de la magnitud de aquella gilipollez), de decir hola con la mano a los niños pequeños que te miraban entre curiosos y aterrados, de dar trozos de cera a niñatos de tu edad, de comer rosquitos de estrangis, de sentarte en el bordillo de la acera cuando te cansabas, de llevarte la vela a tu casa, de reirte con el de delante o de detrás y de largarte sin mirar atrás cuando te recogías y te daban el bollo y el zumo... Qué lejos queda todo aquello, y cómo me alegro. Qué concepto más equivocado de la salida procesional tenía. Claro que tenía 10 u 11 años.
Con el tiempo (no demasiado) me lo tomaba más en serio, y comenzó a significar más para mí el salir en la procesión. Sin charlar, sin sentarme, sin saludar a nadie, sin dar cera a los niñatos plastas, sin salirme para hacer pipí.... Comer y beber sí, pa qué te voy a mentir, pero poquito y por debajo del capirote, no como los que se salen en mitad de la procesión, se quitan el capirote, se sientan en una casapuerta y se atrincan un bocadillo de medio metro. Eso sí era hacer penitencia. Y por eso cuando salíamos de la iglesia en la recogida, y nos daban el bollo y el zumo yo me quedaba en la recogida, porque ver a la Virgen recogerse era como la recompensa, veías qué habías estado haciendo toda la tarde. Y era emocionante.
Pero, y ya llego al meollo de la cuestión, desde hace algunos años no es lo mismo. Casi espero el martes con más miedo que impaciencia.
Para empezar, el ritual de vestirse. Mi hermana sale también en la procesión desde hace bastantes años y creo que todavía está en la época dorada de los nervios. La cruz de guía sale a las 7 y tenemos que estar desde las 5 en el patio del colegio que hay al lado de la iglesia, donde nos organizamos. Pasando calor, aguantando el peso del capirote y la presión en la frente. Pudiendo ir a las 6, ¿para qué voy a ir a las 7? Pues ya tengo a las cuatro a mi madre y a mi hermana gritándome para que me levante, para que me vista... ¡Que una es ya veterana, que sabe que cuanto más temprano llegues más tienes que esperar! Pues no, no les vale. Ya tengo pelea para empezar la tarde. Ya solo por ahorrarme esto todos los años no volvía a salir. Pero mis razones no son tan superficiales.
Como ya he dicho antes, para mí la penitencia se volvió algo serio, y lo que no es serio es salir a hacerlo sin ganas, como si me obligasen y encima de todo, pagando para hacerlo. Sarna con gusto no pica, pero a mí empieza a picarme nada más salir por la puerta de la iglesia y eso no puede ser. Esto es como una vocación. Yo la tengo, pero estoy un poco cansada. Y además llevo trece años sin ver la cara de la Virgen más que en la recogida, y el año pasado cuando la fila no avanzaba y el paso sí y por poco nos come. Y es un suplicio estar en su barrio, donde sí que se luce, con marchas bonitas, con saetas, con aplausos de la gente... y yo solo unos metros más alante y sin poder ver nada y encima de todo aguantando tonterías.
*Ya van tres años contando con este que me estoy planteando no salir por estas cosas y otras que ya conté el año pasado aquí mismo, y al final siempre acabo cediendo, porque para quien le guste y entienda esto, salir delante del paso de tu hermandad tira mucho, y como dije antes, cuando lo ves en la recogida es aún más especial.
Y ahí está mi túnica, colgada de la percha, esperando a que tome una decisión. Una decisión que seguramente no tomaré hasta la misma mañana del martes santo. Me inclino por que volveré a salir, volveré a pasarlo mal, volveré a quejarme y volveré a decir: el año que viene no salgo.
Os dejo los dos post que escribí el año pasado, antes y después de semana santa, hablando sobre esto mismo. Solo que entonces estaba muy enfadada y cuando me enfado me salen mejor las gracias, no porque sea yo quien las escribe, sino porque es verdad xDD
Para mi la semana santa no es solo la representación de la pasión y muerte de Jesucristo, ni una expresión artística, ni una semana de vacaciones... es todo eso y además el ambiente que se respira. La calle abarrotada, los preparativos, el montaje de la carrera oficial que tanto coraje le da a los que todo esto le resbala, la gente con capirotes de todos los colores, el calorcito de la tarde; el olor de los naranjos en flor, de los roscos de la pastelería, de los cirios y el incienso; los sentimientos que te provoca una marcha, un mecido, una saeta, el silencio, los aplausos; la larga espera hasta que pasa el último penitente. Hasta el dolor de pies. Todo eso representa para mí la semana santa. Y todo eso me encanta. Así que es normal que cuando la primeravera está llegando ya me entre el gusanillo.
Y de toda la semana, para mí el martes santo siempre ha sido un día especial.
Cuando era más pequeña, porque mi madre salía en una de las procesiones e íbamos a verla, fite tú la tontería. Yo ni hacía caso a los pasos ni nada, solo estaba atenta a ver si lograba identificar a mi madre debajo de la túnica con mi hermana.
Pero al tiempo se me antojó salir a mí en la procesión y me salí con la mía. Y de eso hace ya 12 años. Desde entonces esperaba el martes santo con impaciencia. Domingo de ramos y lunes santo se me hacían larguísimos, y después del martes la semana se pasaba volando.
El martes era un día de nervios, de prepararlo todo, de ponerse la túnica, de que mi madre me acompañase a la iglesia, de saludar a gente que se quedaba pillada porque no sabían quién eras (ahora me doy cuenta de la magnitud de aquella gilipollez), de decir hola con la mano a los niños pequeños que te miraban entre curiosos y aterrados, de dar trozos de cera a niñatos de tu edad, de comer rosquitos de estrangis, de sentarte en el bordillo de la acera cuando te cansabas, de llevarte la vela a tu casa, de reirte con el de delante o de detrás y de largarte sin mirar atrás cuando te recogías y te daban el bollo y el zumo... Qué lejos queda todo aquello, y cómo me alegro. Qué concepto más equivocado de la salida procesional tenía. Claro que tenía 10 u 11 años.
Con el tiempo (no demasiado) me lo tomaba más en serio, y comenzó a significar más para mí el salir en la procesión. Sin charlar, sin sentarme, sin saludar a nadie, sin dar cera a los niñatos plastas, sin salirme para hacer pipí.... Comer y beber sí, pa qué te voy a mentir, pero poquito y por debajo del capirote, no como los que se salen en mitad de la procesión, se quitan el capirote, se sientan en una casapuerta y se atrincan un bocadillo de medio metro. Eso sí era hacer penitencia. Y por eso cuando salíamos de la iglesia en la recogida, y nos daban el bollo y el zumo yo me quedaba en la recogida, porque ver a la Virgen recogerse era como la recompensa, veías qué habías estado haciendo toda la tarde. Y era emocionante.
Pero, y ya llego al meollo de la cuestión, desde hace algunos años no es lo mismo. Casi espero el martes con más miedo que impaciencia.
Para empezar, el ritual de vestirse. Mi hermana sale también en la procesión desde hace bastantes años y creo que todavía está en la época dorada de los nervios. La cruz de guía sale a las 7 y tenemos que estar desde las 5 en el patio del colegio que hay al lado de la iglesia, donde nos organizamos. Pasando calor, aguantando el peso del capirote y la presión en la frente. Pudiendo ir a las 6, ¿para qué voy a ir a las 7? Pues ya tengo a las cuatro a mi madre y a mi hermana gritándome para que me levante, para que me vista... ¡Que una es ya veterana, que sabe que cuanto más temprano llegues más tienes que esperar! Pues no, no les vale. Ya tengo pelea para empezar la tarde. Ya solo por ahorrarme esto todos los años no volvía a salir. Pero mis razones no son tan superficiales.
Como ya he dicho antes, para mí la penitencia se volvió algo serio, y lo que no es serio es salir a hacerlo sin ganas, como si me obligasen y encima de todo, pagando para hacerlo. Sarna con gusto no pica, pero a mí empieza a picarme nada más salir por la puerta de la iglesia y eso no puede ser. Esto es como una vocación. Yo la tengo, pero estoy un poco cansada. Y además llevo trece años sin ver la cara de la Virgen más que en la recogida, y el año pasado cuando la fila no avanzaba y el paso sí y por poco nos come. Y es un suplicio estar en su barrio, donde sí que se luce, con marchas bonitas, con saetas, con aplausos de la gente... y yo solo unos metros más alante y sin poder ver nada y encima de todo aguantando tonterías.
*Ya van tres años contando con este que me estoy planteando no salir por estas cosas y otras que ya conté el año pasado aquí mismo, y al final siempre acabo cediendo, porque para quien le guste y entienda esto, salir delante del paso de tu hermandad tira mucho, y como dije antes, cuando lo ves en la recogida es aún más especial.
Y ahí está mi túnica, colgada de la percha, esperando a que tome una decisión. Una decisión que seguramente no tomaré hasta la misma mañana del martes santo. Me inclino por que volveré a salir, volveré a pasarlo mal, volveré a quejarme y volveré a decir: el año que viene no salgo.
Os dejo los dos post que escribí el año pasado, antes y después de semana santa, hablando sobre esto mismo. Solo que entonces estaba muy enfadada y cuando me enfado me salen mejor las gracias, no porque sea yo quien las escribe, sino porque es verdad xDD

3 comentarios:
Es muy duro salir en una procesión, son muchas horas y mucho desgaste.
Mi Semana Santa es distinta. Cuando era pequeña eran roscos de mi abuela, albóndigas de bacalao de mi madre, natillas y arroz con leche y misas a horas extrañas como a las 15.30 XDDD
Ahora son viajes y Jesucristo Superstar en el coche. Qué pedazo de disco.
Hmmm semana santa también son las torrijas de mi abuela!! Y potaje de cuaresma los viernes U_u
¿Te gusta Jesucristo Superstar? Yo me lo se entero xD
Hum, nunca sé qué poner en estos casos, ya te dije que a mí esto me pilla muy lejos. De hecho, creo que ya te he dicho que aún no acabo de comprenderlo. Una vez creo que estuve por Sevilla... o no.. no sé xdd
Nunca vi Jesucristo Superstar la verdad. Tengo q empezar a ver películas míticas de esas.
Para mí la Semana Santa eran vacaciones del colegio, un domingo comer con mis padrinos (invitábamos nosotros) y al siguiente otra vez, pero invitando ellos y el bollo, por supuesto ^^*- Me encanta ver las confiterías llenas de bollos y huevos de chocholate, ñam!!
Nota al pie: pues sí, por mucho que los telediarios nos marginen, y sólo hablen de Cataluña y sus monas, hay más sitios señores :)
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